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viernes, 17 de junio de 2011

La naturaleza de la felicidad

Bertrand Russell posiblemente sea uno de los tipos más polifacéticos del siglo XX. Fue un importante matemático, trabajando en el campo de la lógica formal, un prolífico escritor e insistente divulgador. Pero quizá la faceta en la que más destacó, fue como filósofo, siendo considerado por muchos como el filósofo más importante del siglo XX.



En uno de sus muchos trabajos, Russell escribió una especie de manual para entender la felicidad, en el que se valió de su propia biografía para intentar explicar la naturaleza de la felicidad:

Puede que la mejor introducción a la filosofía por la que quiero abogar sean unas pocas palabras autobiográficas. Yo no nací feliz. De niño, mi himno favorito era «Harto del mundo y agobiado por el peso de mis pecados». A los quince años se me ocurrió pensar que, si vivía hasta los setenta, hasta entonces solo había soportado una catorceava parte de mi vida, y los largos años de aburrimiento que aún tenía por delante me parecieron casi insoportables. En la adolescencia, odiaba la vida y estaba continuamente al borde del suicidio, aunque me salvó el deseo de aprender más matemáticas.
Ahora, por el contrario, disfruto de la vida; casi podría decir que cada año que pasa la disfruto más. En parte, esto se debe a que he descubierto cuáles eran las cosas que más deseaba y, poco a poco, he ido adquiriendo muchas de esas cosas. En parte se debe a que he logrado prescindir de ciertos objetos de deseo — como la adquisición de conocimientos indudables sobre esto o lo otro— que son absolutamente inalcanzables. Pero principalmente se debe a que me preocupo menos por mí mismo. Como otros que han tenido una educación puritana, yo tenía la costumbre de meditar sobre mis pecados, mis fallos y mis defectos. Me consideraba a mí mismo —y seguro que con razón— un ser miserable. Poco a poco aprendí a ser indiferente a mí mismo y a mis deficiencias; aprendí a centrar la atención, cada vez más, en objetos externos: el estado del mundo, diversas ramas del conocimiento, individuos por los que sentía afecto.
Es cierto que los intereses externos acarrean siempre sus propias posibilidades de dolor: el mundo puede entrar en guerra, ciertos conocimientos pueden ser difíciles de adquirir, los amigos pueden morir. Pero los dolores de este tipo no destruyen la cualidad esencial de la vida, como hacen los que nacen del disgusto por uno mismo. Y todo interés externo inspira alguna actividad que, mientras el interés se mantenga vivo, es un preventivo completo delennui. En cambio, el interés por uno mismo no conduce a ninguna actividad de tipo progresivo. Puede impulsar a escribir un diario, a acudir a un psicoanalista, o tal vez a hacerse monje. Pero el monje no será feliz hasta que la rutina del monasterio le haga olvidar su propia alma. La felicidad que él atribuye a la religión podría haberla conseguido haciéndose barrendero, siempre que se viera obligado a serlo para toda la vida. La disciplina externa es el único camino a la felicidad para aquellos desdichados cuya absorción en sí mismos es tan profunda que no se puede curar de ningún otro modo.

jueves, 24 de septiembre de 2009

La fórmula aristotélica del post perfecto


Visto en cosechadel66.es:
En realidad, lo que le preguntaron al sabio griego fue la manera de reconocer un buen libro, pero me ha parecido una muy buena fórmula para aplicar a cualquier escrito, entre los que, por supuesto, se encuentra la entrada de un blog. Esto fue lo que contesto el amigo Aristóteles a sus alumnos en la Academia de Platón:
"Primero hay que mirar si el autor ha dicho todo lo que tenia que decir; después si sólo ha dicho lo que tenia que decir; y finalmente, si lo ha dicho en la forma adecuada."
Hubiera sido un buen blogger el griego.
Fuente: http://cosechadel66.es/?p=4174